Detrás de las botijas de aguardiente

Desde el siglo XVI, las botijas fueron usadas para almacenar y transportar vino a las áreas urbanas. Sin embargo, el consumo de aguardiente fue desplazando a los vinos, teniendo su mayor auge en el siglo XVIII.

Las botijas eran de dos tamaños, las más grandes fueron utilizadas para la fermentación y las más pequeñas para el transporte. Estas últimas, también llamadas piruleras y posteriormente pisqueras, fueron encontradas en la casona. 

Para soportar el proceso el almacenamiento y transporte de estas bebidas, las botijas de cerámica fueron cocidas a altas temperaturas y diseñadas con paredes de un grosor determinado. Asimismo, su interior fue recubierto con ceras de abeja y breas para impermeabilizarlas.

La demanda por aguardiente, particularmente en espacios urbanos como Lima y otros lugares del virreinato, estimuló la plantación de viñedos en los valles de los actuales departamentos de Ica, Arequipa, Moquegua y Tacna. Por razones de cercanía, fueron las haciendas ubicadas entre Pisco y Nazca las que orientaron la comercialización de sus productos hacia Lima. 

Miles de botijas se embarcaban desde el puerto de Pisco hasta el Callao. Desde allí, se trasladaban a las bodegas ubicadas en Bellavista, para luego llevarlas en recuas de mulas a la ciudad de Lima. Este debió haber sido el recorrido que siguieron las botijas que se encontraron en la casona y que sirvieron para el consumo de sus habitantes. 

En la penúltima remodelación de la casona, a fines del siglo XVIII, las botijas se dejaron de utilizar y se emplearon como relleno arquitectónico para consolidar los pisos en los niveles superiores.